A Rosita le gustaba mucho la noche, cuando todo
estaba en paz.
Ella se acurrucaba a un ladito de su cama, y se
imaginaba que vivía en el tronco de un árbol centenario y que fuera no paraba
de nevar y nevar. Ese tronco tenía una ventana y un llar, que siempre estaba
encendido. Ella miraba a través de la ventana sabiendo que al ser una ventana
mágica podía ver lo que pasaba fuera,
pero los demás no la podían ver a ella. Solo veían el tronco del árbol.
Cuando se levantaba de la cama porque tenía que
ir al colegio, aspiraba el olor de su almohada, se restregaba contra ella y
pensaba en secreto: a la noche vuelvo.
Las mañanas eran frías, y las medias del
uniforme del cole picaban y picaban, y por mucho que se rascara no paraban de
picarle. No le gustaba el día porque parecía que todos se habían puesto de
acuerdo en hacer las cosas muy muy deprisa, como si fuese una carrera.
Lo que más le gustaba de ir al cole era cuando
la profesora les contaba cuentos. Le gustaban tanto que no deseaba que acabasen nunca. Cuando salía al patio, se
sentía muy pequeña. El patio le
recordaba a un inmenso océano y nunca lo había atravesado entero. Así que se
sentaba en la esquina de su banco y se
ponía a mirar. De vez en cuando se imaginaba que las personas eran de colores.
A Ainoa la veía lila, a Carlos lo veía azul clarito, a Jorge lo sentía de color
amarillo como el sol… ¿de qué color era ella?
Pero cuando llegaba la noche, Rosita se ponía
muy a gusto el pijama y esperaba a que
su madre le apagara la luz, para sentir la oscuridad y el arropo de sus suaves
sábanas. Algunas noches se llevaba a animales a su árbol. Una vez, invitó a un
ciervo herido que estaba pasando mucho frío y le dio cobijo: “ven aquí, yo te cuidaré”. Pero, a veces,
le gustaba imaginarse que era a ella a la que rescataban del frío invierno, que
la cogían en brazos y la llevaban a un lugar calentito y le susurraban: “aquí vas
a estar bien.”
Una noche, sentía que estaba en medio de la
espesa nieve y que, como hacía mucho viento, no lograba encontrar el camino
hacia su árbol. De pronto sintió como si la nieve se hubiese colado en su
interior y no supo cómo sacarla.
Un día en clase, llegó un niño nuevo. La profe
lo presentó al resto, se llama Joan, dijo. A Rosita le recordó al ciervo que
una noche acogió en su cueva. Joan era como un bosque: era del color marrón de
los troncos, del negro de la tierra húmeda, del rojo de los zorros, del verde
de las hojas… Era un niño bastante callado y se pasaba mucho tiempo jugando él
solo, visitando sitios a los que únicamente él sabía llegar. A Rosita a veces
le entraban muchas ganas de preguntarle adónde viajaba, qué lugares
visitaba, pero le daba mucha vergüenza y
no sabía cómo hacerlo. Parecía que para él también el patio era un inmenso mar
y que prefería quedarse sentado en la orilla.
Esa misma noche, Rosita se volvió a perder en
medio de la ventisca, pero esta vez Joan
la cogió de la mano, y juntos vieron la nieve caer cerca de la hoguera, dentro
de su árbol.
A la mañana siguiente, se encontraron en la
orilla y se miraron. Y como si ya lo hubieran pactado en secreto, se pusieron a
correr por el patio. Un día eran dragones que habitaban mazmorras, otro
capitanes de un barco pirata, otro eran aventureros que buscaban un tesoro o
exploradores guiados por una brújula…
Durante un recreo Joan le dijo a Rosita:
-- ¿No te parece que el patio se ha
vuelto más pequeño?
A lo que Rosita le contestó:
-- O quizás es que nosotros nos hemos
hecho más grandes.
Joan y Rosa se sonrieron. ¿A qué jugamos hoy?
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