Necesito un cuento para dormir
sábado, 18 de abril de 2015
¿Por qué quererte?
¿Por qué quererte?
Porque quererte cambio mi suerte.
Y tenerte, en mi vida tan presente,
hace que de repente,
tenga ganas de verte.
¿Por qué amarte?
Porque sólo con besarte
me dirijo a otra parte,
donde el mundo es más feliz,
¡ay, qué bonito desliz!
¿Por qué besarte?
porque es un gesto de amor
que mantiene ese candor,
¡y nos sentimos mejor!
viernes, 10 de abril de 2015
La mujer golondrina
Era una vez una hermosa golondrina a la que le
encantaba surcar los cielos y mirar los campos de maíz y las verdes montañas,
sentir la frescura de la mañana mientras bebía agua de las gotas de rocío
y cobijarse del calor y del frío entre
las ramas de los árboles. Por la noche le encantaba mirar a las estrellas desde
su nido y sentir que el mundo le pertenecía. No podía sentirse más feliz.
Un día se posó sobre un olivo cercano a un huerto y
como era un día de verano decidió quedarse a pasar la tarde allí, huyendo del
calor. Al atardecer llegó un muchacho a
labrar el campo y a recoger las verduras
y las hortalizas que ya estaban plantadas. Era un muchacho que poseía el moreno del
sol y unos ojos negros como aceitunas. La
golondrina observó con la delicadeza con la que extraía la lechuga de la
tierra, y recogía los tomates para depositarlos en su cesta, y no deseó otra cosa
más que le acariciase. La pobre golondrina se sentía muy desdichada pues se
había enamorado perdidamente de ese muchacho, pero su distinta naturaleza les separaba.
Un día la golondrina que iba surcando los cielos vio
a una pobre anciana a la que le costaba caminar y se paró a descansar debajo de
un árbol.
—¡Qué hambre tengo!- la escuchó decir —No sé si
aguantaré lo suficiente hasta llegar al pueblo, estoy sin fuerzas.
La golondrina se acercó a la vieja y le dijo:
—No te muevas de aquí, yo te ayudaré — y empezó a
sobrevolar los bosques para encontrar algo de comer. Le llevó frutos que iba
recogiendo de los árboles, y la anciana se los comió con avidez y gratitud.
—Posees un gran corazón y por haberme ayudado te
concederé un deseo.
La golondrina que no se lo pensó dos veces le dijo:
—Desearía convertirme en humana para poder amar al
muchacho que una vez vi en aquel huerto.
La anciana le preguntó si estaba segura de aquello, ya que, le advirtió que una vez cobrada la forma humana olvidaría toda su vida como
ave; pero tal era el amor que la golondrina sentía que decidió seguir adelante.
Al día siguiente, cuando el muchacho volvió al
huerto, se encontró tras el olivo a una joven que estaba completamente desnuda en un permanente estado de alerta.
Era como si todo su alrededor le inspirase temor y a la vez, le generase una fuerte atracción y curiosidad. Se giraba ante cualquier ruido, parecía un ser salvaje recién nacido de las entrañas de ese olivo. Permaneció un buen rato escondida detrás del tronco. El muchacho se quitó su camisa y se la ofreció. Cuando la joven se tranquilizó, él le preguntó de dónde venía, a lo que ella no contestó; pues parecía no entenderle en absoluto. Abel, pues así se llamaba el joven, se quedó pasmado por su encanto, era de una belleza silvestre, y parecía una hija del bosque. Antes de invitarla a irse con él, no se le escapó un singular detalle, pues observó a los pies de ella el pelaje de una golondrina, y conmovido por la reciente aparición quiso llevárselo consigo y lo guardó cuidadosamente en una caja.
Era como si todo su alrededor le inspirase temor y a la vez, le generase una fuerte atracción y curiosidad. Se giraba ante cualquier ruido, parecía un ser salvaje recién nacido de las entrañas de ese olivo. Permaneció un buen rato escondida detrás del tronco. El muchacho se quitó su camisa y se la ofreció. Cuando la joven se tranquilizó, él le preguntó de dónde venía, a lo que ella no contestó; pues parecía no entenderle en absoluto. Abel, pues así se llamaba el joven, se quedó pasmado por su encanto, era de una belleza silvestre, y parecía una hija del bosque. Antes de invitarla a irse con él, no se le escapó un singular detalle, pues observó a los pies de ella el pelaje de una golondrina, y conmovido por la reciente aparición quiso llevárselo consigo y lo guardó cuidadosamente en una caja.
Pronto descubrió que la joven no tenía nombre, ni
siquiera sabía hablar como los demás, tampoco sabía comportarse en sociedad,
era como un animal hermoso. No obstante, Abel se quedó prendado de ella. Desde el primer momento que la vio tan frágil
escondida tras el olivo, supo que la querría con todo su ser.
Se pasaban el día
juntos, ella lo acompañaba al huerto y le ayudaba a recoger las verduras que
más tarde vendían en el mercado. La joven no pasó desapercibida para el resto
del pueblo, que despectivamente la llamaba: la salvaje;y entre sus gentes se cocían opiniones diversas, desde que era muda, hasta que se trataba de una persona deficiente. Unos pensaban que se trataba de alguna prima lejana de Abel, otros que esa mujer sin pudores ni modales, más fresca que los arroyos nacidos de los manantiales, era una prostituta de la ciudad vecina, que había venido al pueblo a cambiar de vida, pero que se ganaba a su anfitrión ofreciéndole sus encantos más íntimos.
Pero a Abel eso no parecía importarle, él la quería y nunca había sido tan feliz. Con ella todo era un juego, y le encantaba dar paseos por el bosque, se divertía con cualquier pequeña cosa: desde mirar un hormiguero hasta perseguir a una mariposa e intentar cazarla. Por las noches, buscaba cobijo entre sus brazos y se quedaba profundamente dormida sobre su pecho. Ella pensaba que el sonido de su corazón no se trataba sino de un pequeño pájaro, perdido en el interior de aquel muchacho, que revoloteaba intentando encontrar una salida. Ella le susurraba: " no pasa nada, estoy contigo", palabras que una y otra vez había escuchado salir de la boca de Abel, cada vez que se sentía excitada o sentía un profundo temor de aquel mundo que tan desconocido le resultaba.
Pero a Abel eso no parecía importarle, él la quería y nunca había sido tan feliz. Con ella todo era un juego, y le encantaba dar paseos por el bosque, se divertía con cualquier pequeña cosa: desde mirar un hormiguero hasta perseguir a una mariposa e intentar cazarla. Por las noches, buscaba cobijo entre sus brazos y se quedaba profundamente dormida sobre su pecho. Ella pensaba que el sonido de su corazón no se trataba sino de un pequeño pájaro, perdido en el interior de aquel muchacho, que revoloteaba intentando encontrar una salida. Ella le susurraba: " no pasa nada, estoy contigo", palabras que una y otra vez había escuchado salir de la boca de Abel, cada vez que se sentía excitada o sentía un profundo temor de aquel mundo que tan desconocido le resultaba.
Pasaron mucho tiempo juntos y Abel no tardó en
darse cuenta de su anterior naturaleza. Se acordó del pelaje que había
encontrado a sus pies, cerca del olivo donde la encontró, y tras descubrirle
una pequeña mancha roja en la barbilla, se dio cuenta de que era una
golondrina, pues algunas de estas aves poseen el pelaje del cuello de ese
color.
Eran muy felices juntos; no obstante, a ella a veces
parecía que la invadía una gran melancolía y se pasaba las horas mirando el
cielo. Abel que sentía su sufrimiento, sabía cuál era su auténtica naturaleza pero
no se atrevía a decírselo, a mostrarle su pelaje escondido en aquella caja, por
si recordaba su pasado y decidía volver a ser un ave.
miércoles, 8 de abril de 2015
Mundo del revés
Erase una vez que se era
una princesa muy malvada
y una bruja que era buena.
Erase una vez
un ogro bondadoso
y un duendecillo malo y avaricioso.
Erase una vez el hombre del saco
que por las noches visitaba a los niños
y les llevaba regalos.
Erase una vez una sirenita preciosa
que cantando atraía a los marineros
para comérselos enteros.
Erase una vez un monstruo monstruoso
que era tan cariñoso
que parecía un oso.
Erase un fantasma muy perdido
que prefería volar junto a los pájaros
que asustar a los vivos.
Erase un mundo que parece del revés
pero si lo piensas bien
igual no lo es.
domingo, 15 de marzo de 2015
Mi casa del árbol
A Rosita le gustaba mucho la noche, cuando todo
estaba en paz.
Ella se acurrucaba a un ladito de su cama, y se
imaginaba que vivía en el tronco de un árbol centenario y que fuera no paraba
de nevar y nevar. Ese tronco tenía una ventana y un llar, que siempre estaba
encendido. Ella miraba a través de la ventana sabiendo que al ser una ventana
mágica podía ver lo que pasaba fuera,
pero los demás no la podían ver a ella. Solo veían el tronco del árbol.
Cuando se levantaba de la cama porque tenía que
ir al colegio, aspiraba el olor de su almohada, se restregaba contra ella y
pensaba en secreto: a la noche vuelvo.
Las mañanas eran frías, y las medias del
uniforme del cole picaban y picaban, y por mucho que se rascara no paraban de
picarle. No le gustaba el día porque parecía que todos se habían puesto de
acuerdo en hacer las cosas muy muy deprisa, como si fuese una carrera.
Lo que más le gustaba de ir al cole era cuando
la profesora les contaba cuentos. Le gustaban tanto que no deseaba que acabasen nunca. Cuando salía al patio, se
sentía muy pequeña. El patio le
recordaba a un inmenso océano y nunca lo había atravesado entero. Así que se
sentaba en la esquina de su banco y se
ponía a mirar. De vez en cuando se imaginaba que las personas eran de colores.
A Ainoa la veía lila, a Carlos lo veía azul clarito, a Jorge lo sentía de color
amarillo como el sol… ¿de qué color era ella?
Pero cuando llegaba la noche, Rosita se ponía
muy a gusto el pijama y esperaba a que
su madre le apagara la luz, para sentir la oscuridad y el arropo de sus suaves
sábanas. Algunas noches se llevaba a animales a su árbol. Una vez, invitó a un
ciervo herido que estaba pasando mucho frío y le dio cobijo: “ven aquí, yo te cuidaré”. Pero, a veces,
le gustaba imaginarse que era a ella a la que rescataban del frío invierno, que
la cogían en brazos y la llevaban a un lugar calentito y le susurraban: “aquí vas
a estar bien.”
Una noche, sentía que estaba en medio de la
espesa nieve y que, como hacía mucho viento, no lograba encontrar el camino
hacia su árbol. De pronto sintió como si la nieve se hubiese colado en su
interior y no supo cómo sacarla.
Un día en clase, llegó un niño nuevo. La profe
lo presentó al resto, se llama Joan, dijo. A Rosita le recordó al ciervo que
una noche acogió en su cueva. Joan era como un bosque: era del color marrón de
los troncos, del negro de la tierra húmeda, del rojo de los zorros, del verde
de las hojas… Era un niño bastante callado y se pasaba mucho tiempo jugando él
solo, visitando sitios a los que únicamente él sabía llegar. A Rosita a veces
le entraban muchas ganas de preguntarle adónde viajaba, qué lugares
visitaba, pero le daba mucha vergüenza y
no sabía cómo hacerlo. Parecía que para él también el patio era un inmenso mar
y que prefería quedarse sentado en la orilla.
Esa misma noche, Rosita se volvió a perder en
medio de la ventisca, pero esta vez Joan
la cogió de la mano, y juntos vieron la nieve caer cerca de la hoguera, dentro
de su árbol.
A la mañana siguiente, se encontraron en la
orilla y se miraron. Y como si ya lo hubieran pactado en secreto, se pusieron a
correr por el patio. Un día eran dragones que habitaban mazmorras, otro
capitanes de un barco pirata, otro eran aventureros que buscaban un tesoro o
exploradores guiados por una brújula…
Durante un recreo Joan le dijo a Rosita:
-- ¿No te parece que el patio se ha
vuelto más pequeño?
A lo que Rosita le contestó:
-- O quizás es que nosotros nos hemos
hecho más grandes.
Joan y Rosa se sonrieron. ¿A qué jugamos hoy?
Erase una vez...
Erase una vez una chica
enamorada de los cuentos que decidió crear un blog para compartir sus primeros
relatos, que espera que os gusten y que se los contéis a los más peques de la
casa.
Se despide desde un lugar muy muy lejano...
Rosa
Suscribirse a:
Entradas (Atom)